
Hay una ciudad chiquitita y coqueta donde el arte decidió quedarse a vivir, un vergel en el Atlántico. Si accedes a ella por carretera te tiende su mano, el puente Carranza, para que dejes la península y entres a ella escoltado por el mar, ya huele a Cádiz. Si prefieres llegar balanceándote entre olas a bordo del vaporcito del Puerto sentirás como te abraza su bahía y te acurrucaras en ella al compás de eternos pasodobles de Paco Alba, Pedro Romero y demás poetas del mar, es entonces cuando el carnaval recorre tu cuerpo y sin saber porqué empiezas a sentir como se colorean tus mejillas con churretes coloraos y un antifaz cubre tus ojos pero jamás tu mirada. Entrando por mar abierto Cádiz te regala una vista que inunda tus sentidos coloreandolos con el amarillo de su sol y el azul de su mar, su catedral decora el paisaje recortándolo con su silueta.
Vive dentro de murallas que ya no tienen nada que defender, pero si un tesoro que guardar, su tacita de plata, vestigios fenicios con más de tres mil años de historia y hogar de la "Pepa" desde 1812. Ciudad trimilenaria donde se entra sin llamar por que su Puerta de Tierra siempre nos recibe abierta.
Cadiz ya peina canas, sus arrugas se convierten en castizas cuando llegas al barrio de la viña, calle de la Palma, casas puerta, orgullo viñero en ese enredos de calles donde aliviar los calores estivales que nos ofrece el sur, ahí ya te invade la fragancia a carnaval y sal caletera con piriñaca, calles estrechas que te quieren abrazar a tu paso al compás de un tres por cuatro que, quien sabe que nudillos, estarán tocando sobre un mostrador cualquiera, el gaditanismo empieza a rebosar por todos los poros de tu piel. Por esos lares viñeros el aire trae impregnado consigo olor a mar, ese donde habitan las mojarritas que parecen destellos de plata en su playa de barrio.
Balneario de la Palma, cobijo de sombra que convierte su playa en una postal, Castillo de Santa Catalina con sus escolleras que se funden con el agua del Atlántico, Plaza del tío de la tiza, esencia de aquellos duros antiguos que él compuso y hogar de la Virgen de las penas, que mejor sitio para olvidarlas, Castillo de San Sebastian al que no se puede acceder sin sentir acordes de tarantos, bulerías o alegrías que emanan de ventanas enrejadas de la peña flamenca de Juanito Villar. Barrio del Mentidero donde solo miente el que dice no enamorarse de su aroma, Plaza las flores donde tantos poetas han bebido buscando su mejor copla, Plaza de la Cruz Verde, confluencia de pasodobles y cuplés de comparsistas y chirigoteros porque Cádiz es cuarteto y tanguillo cantado a coro. Barrio de Santa María donde notas de bordón fluyen de una guitarra española buscando dormir en su cuna. Catedral vestida de espuma de mar batiendo contra murallas allá por los campos del sur.
Cádiz es mar donde sus pescadores viven de los caprichos de la marea y refugio del submarino amarillo, alegría y sufrimiento pero pasión del Cadismo, es la tía Norica, es aire de Dama de noche que recorren nuestros cinco sentidos, es murallas que viven con el reposo que da el deber cumplido, es eterna sonrisa que desafía a los malos tiempos, es arte de coloretes ilegales, es parque Genovés, es plaza Mina o de San Antonio, pero sobre todas las cosas es casa de ladrillos coloraos, es ahí donde Cádiz viste su realidad de arte mientras letras escritas por poetas de barrio te pellizcan el alma derramando lágrimas que fluyen con una sonrisa, si lo pisas vuelves, no "FALLA".
También es su muelle, sus Astilleros donde muchos se empeñan que la antigua Gádir firme su sentencia de muerte sin darse cuenta que el paraíso es eterno. Tiene Cádiz tantas cosas de las que enamorarte que su seducción es eterna, siempre le quedará algo para conquistarte, que paradoja, ella que jamás se dejó conquistar mientras se hacia tirabuzones de duros antiguos.
Dijo el poeta que no había nada peor que ser ciego en Granada y quizás si lo haya, no conocer Cádiz siendo vidente.
Fdo: Carlos el pelijas.




















